A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Subió la escalinata, con Tremal-Naik y Kammamuri, y se asomó a una ventana del segundo piso.
—¡Saccaroa! —exclamó—. Nos han encontrado. Aquà corremos el peligro de que nos cojan. ¡Ah! Por Mahoma que les prepararé una buena jugada antes de que lleguen los soldados del rajá.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Tremal-Naik.
—¡Surama! —gritó Sandokán, sin responder.
La joven assamesa subÃa en aquel momento la escalera.
—¿Qué deseas, señor? —preguntó acercándose a él.
—Tu casa queda aislada, según creo.
—SÃ.
—¿Qué hay detrás?
—Una pagoda pequeña.
—¿Aislada también?
—No, se apoya en un grupo de edificios y bungalows.
—¿Es ancha la calle que separa tu casa de la pagoda?
—Unos diez metros.
—Haz traer en seguida cuerdas, todas las que encuentres. Te reunirás con nosotros en el tejado. ¡Bindar!
El indio, que estaba en la galerÃa contigua, acudió a toda prisa.