A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Los tigres de Mompracem, a los que no asustaba encontrarse ante cincuenta o sesenta adversarios, apuntaron sus carabinas e hicieron una descarga; luego sacando sus cimitarras cargaron furiosamente sobre el enemigo, con salvajes aullidos.
Viendo que causaban numerosas vÃctimas en sus filas, los indios volvieron la espalda sin esperar el ataque impetuoso, irresistible, de los malayos.
—¡Kammamuri, haz abrir la puerta del palacio, antes de que regresen esos bribones!
—¡Ya está abierta, señor! —gritó Bindar.
—¡A mÃ, malayos!
Los piratas, que se habÃan lanzado tras los fugitivos, rugiendo como bestias feroces, se replegaron a la carrera, penetraron en el amplio peristilo del palacio de Surama, y cerraron la puerta, barricándola a toda prisa.
—Espero que no nos haya visto nadie —dijo Sandokán, depositando en el suelo a Surama y aspirando una larga bocanada de aire.
—Gracias, Sandokán —dijo la joven—. Ya son muchas las veces que os debo la vida, a ti y al sahib blanco.
—Deja eso, y veamos qué sucede. Entre tanto, haz armar a toda tu gente. Temo que esta noche habrá lucha.