A la conquista de un imperio

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La caza había comenzado furiosa, implacable; pero aunque los hindúes tienen fama de ser corredores incansables, encontraron en sus adversarios unos campeones dignos de ellos.

De vez en cuando algún disparo que hacía correr a las ventanas a los habitantes de las casas vecinas. Unas veces disparaban los perseguidores y otras los perseguidos, sin graves pérdidas por ninguna de las dos partes, porque la carrera no les permitía apuntar bien.

A pesar de ello, una viva inquietud empezaba a atormentar a Sandokán. Los gritos y los disparos hacían acudir más y más personas, y el grupo de los servidores del griego se engrosaba con rapidez. ¿Conseguirían ponerse a salvo en el palacio sin que los descubrieran? A Tremal-Naik debió asaltarle el mismo pensamiento, porque, sin dejar de correr, preguntó a Sandokán:

—¿No nos sitiarán?

—Antes de doblar la esquina de la última calle, haremos una descarga. Es preciso que no nos vean entrar en el palacio. ¡Dadle a las piernas! Tratemos de distanciarnos.

Habían recorrido siete u ocho calles sin encontrar ninguna guardia nocturna. Con un supremo esfuerzo llegaron a la esquina del palacio, sacando una ventaja de más de doscientos pasos.

—¡Formad frente! —gritó Sandokán a los malayos—. ¡Cargad! ¡Fuego de andanada!


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