A la conquista de un imperio

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Sandokán apoyó los pies contra la pared y se deslizó vertiginosamente, sin fijarse en si se despellejaba las manos.

Sólo distaba unos metros del suelo, cuando desde la galería se oyó una voz que gritaba.

—¡A las armas! ¡La prisionera huye!

Luego sonó un disparo de pistola.

Afortunadamente la bala no tocó a Sandokán ni a Surama.

Varios hombres, sirvientes y guardias, se precipitaron a la galería gritando:

—¡Quieta! ¡Quieta!

Después, encontrando la cuerda que colgaba por la galería, se cogieron a ella, dejándose deslizar hasta el suelo; pero Sandokán, llevando con él a Surama, estaba ya a salvo entre sus fieles malayos.

—¡Vamos! —gritó Sandokán, tras soltar el chal que sujetaba a Surama, y cogiendo de nuevo a esta entre sus brazos—. ¡Al palacio!

La puerta del bungalow del favorito se había abierto y diez o doce hombres, aún semidesnudos, provistos de armas blancas y de fuego, corrieron tras los fugitivos, gritando sin cesar:

—¡A las armas! ¡A las armas!

Sandokán corría como un ciervo, flanqueado por Tremal-Naik y Kammamuri y con los malayos protegiéndole la espalda.


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