A la conquista de un imperio

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Volvió hacia la ventana, cogió a Surama entre los brazos y se dirigió a la cuerda, diciendo al sudra:

—Baja tú primero.

—Sí, patrón.

—Y ve deprisa. El muchacho pasó sobre la baranda y desapareció.

—Tú cruza las manos en torno a mi cuello —dijo después Sandokán a la bella assamesa—. Y dame tu faja para que te ate a mí.

—No será necesario —observó la princesa—; mis brazos son fuertes.

—Nunca se sabe lo que puede pasar.

Cogió el chal, apretó a Surama contra su pecho y, a su vez, subió a la barandilla, no sin ponerse antes entre los dientes el kris malayo.

—Aprieta fuerte —dijo—. No me estrangularás con tus manitas.

Aferró la cuerda y empezó el descenso. Viejo lobo de mar, no encontraba dificultad alguna en aquella maniobra para la que le ayudaba además su musculatura de acero.

En pocos instantes llegó a la galería inferior. Por desgracia sus pies chocaron contra el ligero techo que lo cubría, haciendo caer un trozo de alero.

Una sorda imprecación se le escapó a pesar suyo.

Aquel trozo de lata o de zinc, produjo mucho ruido al caer sobre las piedras de la plaza.


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