A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La joven assamesa habĂa bajado la mecha de la lámpara para hacer creer que dormĂa, y se habĂa echado por la cabeza una ancha faja de seda, que la ocultaba casi por completo.
—Aquà estoy, señor —dijo a Sandokán—. Dispuesta a bajar.
—¿Y tus criadas?
—Duermen profundamente.
—¿Han bebido el narcótico?
—Hace más de una hora.
—No se despertarán antes de mañana por la noche —dijo Sandokán—. Asà estamos seguros de que no nos molestarán.
AbriĂł usa ventana y pasĂł por la galerĂa, acercándose a la barandilla.
Aunque la oscuridad era profunda, descubriĂł en seguida unas sombras humanas paseando silenciosamente ante el palacio del favorito.
—Serán Tremal-Naik y mis malayos —murmuró—. Esperemos que todo vaya bien.
DesenrollĂł la cuerda, atĂł un extremo a una columna de madera de la galerĂa y echĂł el otro al vacĂo, emitiendo al mismo tiempo un ligero silbido que imitaba perfectamente al de la temible cobra.
Una señal idéntica respondió poco después:
—Es él —dijo Sandokán—. ¡Manos a la obra!