A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Acaso no he sido pirata? —replicó el Tigre de Malasia—. En mi larga carrera he corrido muchas aventuras y…
Una descarga de carabinas le cortó la frase. Los malayos y la servidumbre del palacio habÃan abierto fuego para impedir que los asaltantes derribaran la puerta e invadieran las habitaciones de la planta baja.
—Si la resistencia dura diez minutos, estamos salvados —dijo Sandokán.
Se volvió, oyendo que se movÃan las tejas: Surama avanzaba con precaución, andando a gatas por el techo acompañada por dos criados y un malayo, que llevaba cuerdas de seda —arrancadas probablemente de los cortinajes—, y gruesas cuerdas de cáñamo quitadas de las galerÃas.
—¿Quién ha abierto fuego? —preguntó Sandokán, ayudando a levantarse a la valiente muchacha.
—Tus hombres.
—¿Hay algún sikh entre los asaltantes?
—Una docena, y han atacado en seguida la puerta.
—Escoge la cuerda, Kammamuri, y ten cuidado de que sea fuerte, porque tú has de pasar por ella.
—Déjame hacer, patrón —contestó el maharato.