A la conquista de un imperio

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Se inclinó sobre las cuerdas que estaban ante él, y cogió un cordón de seda, de unos quince metros de largo y grueso como un dedo, observándolo atentamente, en toda su longitud.

—Esto es lo que me conviene —dijo al cabo—. Puede sostener hasta a dos hombres.

Hizo rápidamente un nudo corredizo, fue hasta el borde del tejado, hizo girar la cuerda dos o tres veces sobre su cabeza —igual que los gauchos de la pampa argentina— y la lanzó.

—Ya está —dijo Kammamuri, volviéndose hacia Sandokán—. Sujetad fuerte el cordón.

—Antes mira si hay gente en la calle.

—Creo que no, patrón. Además, está muy oscuro y nadie nos verá.

Sandokán y Tremal-Naik se tendieron sobre las tejas, sujetando con fuerza el cordón, siendo imitados en seguida por los dos criados y el malayo.

—Valor, amigo —dijo el pirata.

—Me sobra —contestó el maharato, sonriendo—. Y además no padezco vértigo.

Se colgó del cordón, cruzando las piernas por encima para mayor precaución, y avanzó audazmente sobre la calle, sin pensar siquiera que podía caer en cualquier momento desde una altura de dieciocho o veinte metros, yendo a estrellarse contra el empedrado.


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