A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán habÃa escogido ya las más gruesas y fuertes. Las anudó con facilidad. Las dos cuerdas, anudadas una sobre otra, a una distancia de metro y medio, y aseguradas a dos barras de hierro, permitirÃan el paso, sin demasiado peligro.
—Ocúpate de hacer pasar a la gente, Tremal-Naik —dijo Sandokán—. ¿Tienes miedo, Surama?
—No, señor.
—Pasa la primera.
—¿Y tu? —pregunté Tremal-Naik.
—Voy a cubrir la retirada y a preparar la barrera que impedirá a los asaltantes perseguirnos.
Cruzó de nuevo el techo y bajó a las habitaciones del palacio.
La batalla entre hindúes, malayos y servidores del palacio aumentaba su intensidad, haciendo acudir desde las calles vecinas a nuevos combatientes.
Los malayos, escondidos tras los parapetos de las galerÃas, que habÃan cubierto con colchones, almohadones y jergones, disparaban furiosamente, haciendo retroceder a los asaltantes a cada descarga y derribando a muchos, que quedaban en el suelo muertos o heridos.
Pero la muchedumbre, armada también con carabinas y pistolas, respondÃa con semejante vigor; incluso desde las casas vecinas se disparaba contra la galerÃa, poniendo en serio peligro a los defensores.