A la conquista de un imperio

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—Es una fortuna que se convierte en humo.

—El Tigre de Malasia la pagará —contestó Sandokán, encogiéndose de hombros.

—¿Nos persiguen? —preguntó Tremal-Naik.

—¿A través de las llamas? ¡Qué prueben a meter los pies en aquel horno!

—Desde luego yo no te seguiría. ¿Pero dónde iremos a parar nosotros?

—Espera que encontremos una calle que nos impida seguir adelante, amigo Tremal-Naik. Tengo un plan.

—Y cuando el Tigre de Malasia tiene un plan en la cabeza, se puede afirmar que lo llevará a cabo —añadió Kammamuri.

—Puede ser —dijo Sandokán—. No hagáis mucho ruido y no estropeéis muchas tejas. En este momento no podría resarcir a los perjudicados.

La retirada se efectuaba aprisa y en buen orden, pasando de un tejado a otro. Los hombres ayudaban a las mujeres a saltar los parapetos, que a veces eran tan altos que obligaban a los malayos a formar pirámides humanas, para facilitar las escaladas.

En dirección al palacio de Surama seguían oyéndose gritos y disparos y se veían salir por las claraboyas las primeras lenguas de fuego.

De las casas de enfrente y de detrás, salían de vez en cuando grandes gritos:

—¡Al fuego!, ¡al fuego!


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