A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Agarró una de las dos cuerdas, se dirigió al borde del tejado y, sin más, se lanzó, yendo a golpear los pies contra la cornisa de la pagoda que sostenía el terrado.
Ningún hombre, que no poseyera la agilidad y la fuerza extraordinarias de Sandokán, hubiera podido intentar semejante hazaña sin romperse por lo menos las piernas.
Pero el pirata, que sin duda poseía una musculatura de acero, sintió sólo un ligero aturdimiento, producido por el violentísimo choque.
Permaneció un momento inmóvil, para recuperarse un poco y, en seguida, empezó a izarse a fuerza de manos, hasta alcanzar el tejado.
Por los techos de las casas vecinas huían rápidamente los servidores del palacio, flanqueados por los malayos.
Surama iba en cabeza, ayudada por Tremal-Naik y Kammamuri.
Aun caminando con cierta precaución, Sandokán les alcanzó en pocos instantes.
—¡Por fin! —exclamó el bengalí. Empezaba a inquietarme por no verte llegar.
—Tengo la costumbre de llegar siempre —contestó el Tigre de Malasia.
—¿Y mi palacio?
—Se quema alegremente.