A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Alcanzó la claraboya y saltó al tejado. La retirada había comenzado ordenadamente: hombres y mujeres atravesaban a toda prisa el puente volante, sujetándose a las dos cuerdas, mientras los malayos, inclinados sobre el borde del tejado, gastaban sus últimas municiones y lanzaban a la calle, sobre las cabezas de los asaltantes, montones de tejas.
En el terrado de la pagoda se iban reuniendo todos, y a continuación emprendían la travesía de los tejados, guiados por Tremal-Naik, Kammamuri y Bindar.
Cuando Sandokán vio libre el puente volante, hizo pasar a sus malayos y después cortó de un tajo las dos cuerdas, atadas en tomo a una chimenea, para que, en caso de que la casa no se quemara por completo, no se pudiera saber por dónde habían huido.
—Ahora, un ejercicio de buen marinero —murmuró Sandokán.
Antes de realizarlo, lanzó en torno una rápida mirada.
Por las claraboyas salían nubes de humo y chorros de chispas y de la calle llegaban los clamores feroces de la muchedumbre.
—Entrad a darnos caza —murmuró el pirata, con una sonrisa irónica.