A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Como habÃa dicho Bindar, bajo el último tejado se abrÃan dos ventanas, más bien angostas, pero suficientes para dejar pasar a un hombre, resguardadas por simples esteras de cocotero.
Sandokán, que se habÃa reunido con Tremal-Naik, Kammamuri y Surama, las examinó un momento, sacó de la faja el kris y de una sola cuchillada rasgó el grueso tejido, introduciendo la cabeza, a través del desgarrón.
—¿No hay nadie? —preguntó el bengalÃ.
—Parece que los gritos y los disparos no han estropeado el sueño a los habitantes de esta casa —contestó Sandokán—. ¿Quién tiene una antorcha?
—Yo, sahib —contestó Bindar.
—Enciéndela, muchacho previsor.
—Aquà está, patrón.
El Tigre de Malasia arrancó del todo la estera, cogió la antorcha, cargó una pistola y entró en un cuchitril, lleno de viejos muebles en desuso.
—Que todos me sigan —ordenó—, y tened dispuestas las armas.
De un simple empujón abrió una puerta y, habiendo encontrado una escalera, empezó a bajar por ella, tan tranquilo como si estuviera en su propia casa.
HabÃa muchas puertas a derecha e izquierda, pero estaban todas cerradas y no se oÃa ningún ruido.
