A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Se dirÃa que la casa está desierta —murmuró Sandokán.
Se engañaba, porque cuando iba a bajar el primer peldaño de otra escalera, dos criados indios, dos sudras, se le pusieron delante, enarbolando amenazadoramente unos nudosos bastones, y gritando:
—¡Detente!
—Despejad —contestó Sandokán, apuntando su pistola hacia ellos—. Somos cuarenta, y todos armados.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el más viejo—. ¿Cómo has entrado sin permiso del amo?
—Sólo queremos marcharnos, sin molestar a nadie.
—¿Sois ladrones?
—Ninguno de mis hombres ha tocado las cosas de tu dueño. Vamos, saca la llave y ábrenos la puerta. Tenemos prisa.
—No puedo abrir sin orden del amo.
—¿Hace falta orden suya? Lo veremos.
Se volvió hacia los malayos y les dijo:
—Atad y amordazad a estos dos.
Aún no habÃa terminado de decirlo cuando ya los malayos se habÃan echado sobre los sudras, desarmándolos y amordazándoles.
—¡La llave, si no queréis que os haga echar escaleras abajo! —dijo Sandokán con voz imperiosa—. Os he dicho que tenemos prisa.