A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Ya es hora de despertarle —dijo Yáñez, tirando el cigarro y tomando de una repisa un frasco de cuello larguísimo, cuyo vidrio rojo estaba encerrado en una especie de red de metal dorado—. Nosotros tenemos práctica de venenos y de antídotos, ¿no es cierto, Sandokán?
—No en balde hemos estado tantos años en el reino del upas —contestó el pirata—. ¿Le has hecho fumar opio?
—Bien escondido bajo la hoja del cigarro —contestó Yáñez—. Lo había cubierto de forma que podía desafiar al ojo más receloso.
—Dos gotas de ese líquido en un vaso de agua bastarán para que se ponga en pie. Su cerebro no tardará mucho en despejarse.
—Veamos —dijo el portugués. Llenó un vaso de agua, de una botella de cristal que estaba sobre la mesa, y dejó caer en él dos gotas de un líquido rojizo.
Se formó espuma y el agua tomó un tinte sangriento; luego, poco a poco, recuperó su limpidez.
—Ábrele la boca, Sandokán —dijo entonces el portugués.
El pirata se acercó al ministro con un puñal en la mano y, con la punta de este, le forzó a abrir los dientes, que tenía apretados.
—Pronto —dijo Sandokán.