A la conquista de un imperio

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Yáñez vertió en la boca de Kaksa Pharaum el contenido del vaso.

—Dentro de cinco minutos —dijo el Tigre de Malasia.

—Entonces puedes encender tu pipa.

—Creo que es lo mejor.

El pirata cogió de una repisa una espléndida pipa adornada de perlas a lo largo del cañón, la llenó de tabaco, la encendió y se tendió sobre uno de los divanes, poniéndose a fumar con estudiada lentitud.

Yáñez, inclinado sobre el ministro, lo miraba atentamente. La respiración del indio, poco antes ansiosa, se volvía regular y sus párpados tenían de vez en cuando una especie de temblor, como si hicieran esfuerzos por levantarse.

También brazos y piernas perdían su rigidez: los músculos, bajo la misteriosa influencia de aquel líquido, se relajaban.

De repente, un suspiro más largo escapó de los labios del ministro; luego, casi en seguida, se abrieron sus ojos, fijándose en Yáñez.

—Le gusta demasiado el reposo, excelencia —dijo este, irónicamente—. ¿Cómo hacen sus criados para despertarle? Le he hecho hacer un viaje de más de una hora y no ha dejado de roncar ni un momento. No sirve demasiado bien a su señor.


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