A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Por… ¡milord! —exclamó el ministro, levantándose y lanzando en tomo una mirada maravillada.
—SÃ, yo mismo.
—Pero… ¿dónde estoy?
—En mi casa.
El ministro permaneció un momento silencioso, girando los ojos en torno suyo, luego exclamó:
—¡Por Siva! Nunca habÃa visto este salón.
—¡Lo creo! —admitió Yáñez, con su habitual flema burlona—. Nunca se ha dignado visitar mi palacio.
—¿Y quién es ese hombre? —preguntó Pharaum, indicando a Sandokán que seguÃa fumando plácidamente, como si al asunto no tuviera nada que ver con él.
—¡Ah! Ese, excelencia, es un hombre terrible, llamado por su ferocidad el Tigre de Malasia. Es un gran prÃncipe y un gran guerrero.
Pharaum no pudo evitar un estremecimiento.
—Pero no tanga miedo de él —dijo Yáñez, que se dio cuenta del espanto del ministro—. Cuando fuma es más dulce que un niño.
—¿Y qué hace en su casa?
—Viene algunas veces, a hacerme compañÃa.