A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Se burla usted de mà —gritó Kaksa, furibundo—. ¡Basta! ¡Ya hemos bromeado bastante! ¿Se ha olvidado de que yo soy tan poderoso como el rajá del Assam? Va a pagar cara esta burla. DÃgame dónde estoy y por qué me encuentro aquà en lugar de hallarme en mi palacio, o de lo contrario…
—Puede gritar todo lo que quiera, excelencia, nadie le oirá. Estamos en un subterráneo que no trasmite ningún ruido al exterior. Por otra parte, tranquilÃcese: no quiero hacerle ningún daño si no se obstina en callar.
—¿Qué quiere de m� Hable, milord.
—Deje primero que le diga, excelencia, que toda resistencia por su parte serÃa absolutamente inútil, porque a diez pasos de nosotros hay treinta hombres a los que ni un regimiento entero de cipayos serÃa capaz de detener. Acomódese y escuche con paciencia una página de la historia de su paÃs.
—¿Y me la va a contar usted?
—SÃ, excelencia.
Le empujó suavemente hacia una silla, obligándole a sentarse, cogió unos vasos de cristal finÃsimo y un frasco, llenó aquellos de un licor de color de oro viejo, luego abrió la petaca y la ofreció al prisionero.
Al ver los gruesos cigarros de Manila, Kaksa hizo un gesto de terror.