A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Puede escoger sin miedo —dijo Yáñez—. Estos no contienen ni una partÃcula de opio. Y si tiene algún recelo, tome un cigarrillo si quiere.
El ministro rechazó el ofrecimiento con un gesto feroz.
—Entonces, pruebe este licor —continuó Yáñez—. FÃjese en que yo también lo bebo; es excelente.
—Más tarde; hable.
Yáñez vació su vaso, encendió un cigarrillo y luego, apoyándose cómodamente contra el respaldo de la silla, dijo:
—Escúcheme, pues, excelencia. La historia que voy a contarle no será larga, pero le interesará mucho.
Sandokán, siempre tendido en el diván, fumaba en silencio, manteniendo una inmovilidad casi absoluta.