A la conquista de un imperio

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—No habría dejado Malasia —contestó Sandokán—, si no hubiera estado seguro de llevar a buen término la empresa. Entre Tremal-Naik, Yáñez y yo derribaremos a ese borrachín que reina en el Assam y le arrancaremos la corona que él conquistó con un simple disparo de carabina. Él te envió a hacer de bayadera; nosotros le enviaremos a él a hacer… de brahmán o de gurú.

Estaban ya bajo los tupidos tamarindos que daban sombra a la orilla del río. Sandokán se detuvo, dirigiéndose hacia la servidumbre de Surama, agrupada tras él.

—Ha llegado el momento de dejar a vuestra dueña —dijo—. Cada uno de vosotros recibirá cincuenta rupias de regalo, que os entregará Bindar en la posada, mañana por la mañana. Apenas se os necesite, volveréis a vuestro trabajo.

—Gracias, sahib —dijeron los sudras, conmovidos por anta generosidad.

—Dispersaos, y no olvidéis la cita.

Las mujeres besaron las manos de Surama, los hombres el borde de su vestido; luego se alejaron rápidamente, tomando distintas direcciones.

—Ahora veamos —continuó Sandokán—, ¿puedo contar con tu absoluta fidelidad, Bindar?


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