A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Por una conversación de dos hombres, en el momento en que estaba colgando la lata del timón. Es un verdadero milagro que no me hayan descubierto.
—Entonces, ¿saben quiénes somos? —preguntó Surama.
—Tal vez no —contestó Sandokán—, pero se ha traslucido algo de nuestros proyectos. Tú has debido de hablar, Surama.
—Es posible, si me hicieron beber algún narcótico.
—Y eso me inquieta por Yáñez.
—¡No me asustes, señor! —exclamó la bella assamesa—. Ya sabes cuánto amo al sahib blanco.
—Mientras Yáñez no nos envÃe un mensajero, no debes preocuparte. Esperemos a que vuelva Bindar.
—Pero tú sospechas que puede correr algún peligro.
—De momento no: además mi hermano es hombre capaz de arreglárselas sin mi ayuda. Igual que engañó a James Brooke, el rajá de Sarawak, sabrá burlar al rajá del Assam. Esperemos sus noticias.
La bangle, que descendÃa el rÃo con gran rapidez, habÃa llegado ya al canal que conducÃa al pantano.
Kammamuri, que habÃa recuperado su puesto de timonel, condujo la embarcación por el paso, después de asegurarse de que ningún otro barco les espiaba.