A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El poluar se hundÃa rápidamente, inclinándose hacia popa. Muchos hombres saltaban al agua, mientras otros se refugiaban en la arboladura, lanzando gritos de terror, pero con la esperanza de que el rÃo no fuera tan profundo en aquel lugar como para engullir todo el velero.
—Dejémosles aullar y vamos hacia el canal —dijo frÃamente Sandokán—. Que se las arreglen como puedan. ¡A los remos, amigos!
Los malayos, que habÃan asistido impasibles a aquel desastre, nada nuevo para ellos, cogieron las largas pagayas y la bangle descendió velozmente el rÃo, ayudada por la corriente, más bien fuerte cerca de la orilla izquierda.
Durante unos minutos los fugitivos oyeron aún los gritos desesperados de los desgraciados que eran arrastrados al fondo junto con su navÃo, luego el silencio reinó de nuevo en el Brahmaputra.
Sandokán se apresuró a ponerse la ropa y se reunió con Surama y Tremal-Naik, que desde lo alto de la popa trataban aún de divisar el poluar.
—No me equivocaba —les dijo—. He tenido la prueba de que esos bateleros habÃan recibido orden de vigilarnos, y tal vez de capturarnos. A bordo habÃa sikhs del rajá.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el bengalà estupefacto.