A la conquista de un imperio

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Cuando volvió a flote, salían del poluar gritos agudos:

—¡Al fuego! ¡Al fuego!

Casi en el mismo momento, un relámpago rasgó las tinieblas, siendo seguido de una detonación semejante a un cañonazo.

La bomba había rasgado la popa del velero y por la enorme abertura el agua entraba a torrentes. El timón estaba hecho pedazos.

Al estruendo, que se propagó largamente bajo las interminables bóvedas verdes que se extendían por las orillas del río, siguió un breve silencio; luego volvieron a oírse los gritos de la tripulación:

—¡El poluar se hunde! ¡Sálvese quién pueda!

Con unas cuantas brazadas, Sandokán alcanzó la bangle y, cogiendo el cabo —que no había sido retirado—, se izó hasta el puente.

Surama y Tremal-Naik acudieron de inmediato.

—¡Tigre de Malasia! —exclamó la primera—. Ya no dudo que llegaré a ser reina, poseyendo tal audacia el hombre que me protege.

—Eres un demonio —añadió el bengalí.

—Deja que me lo digan esos pobres diablos que se hunden —contestó Sandokán, sacudiéndose el agua.


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