A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán que escuchaba con atención, oyó un roce de pies desnudos que se alejaban.
—¡Estúpidos! —murmuró—. En vuestro lugar no me hubiera contentado con charlar como dos papagayos. ¡Con que ya sabéis que no somos indios! Razón de más para haceros saltar por los aires.
Esperó unos minutos; después, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba en el poluar, cogió con una mano la bomba, se puso entre los labios el pedernal y la yesca, cuidando de que no se le mojara esta última, y colgó la bomba del segundo gozne.
Hecho esto, apretó las piernas contra el timón y con grandes precauciones, prendió fuego a la yesca, acercándola a la mecha.
Pero el leve ruido producido por la piedra al golpear contra el acero fue oÃdo por los dos bateleros de guardia, porque Sandokán notó que se acercaban.
Se hundió, nadando a toda velocidad baje el agua, para no saltar junto con el velero.
A cincuenta metros salió a la superficie y fijó los ojos en el poluar.
Bajo popa caÃan diminutas chispas: era la mecha que ardÃa.
—Estáis servidos —murmuró, volviendo a sumergirse recorriendo de nuevo bajo el agua otros cincuenta o sesenta metros.