A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio A cincuenta pasos del poluar chocó con algo. Creyó por un instante que era atacado por algún saurio; pero su mano tocó un cuerpo blando, que desprendía un hedor nauseabundo de carroña.
—Un cadáver —murmuró, respirando.
Se aparró para dejar paso al muerto, y con cinco o seis brazadas llegó bajo la popa del velero. Aunque tuvo la precaución de no sacar las manos del agua, los hombres que estaban de vigilancia en el poluar notaron algo insólito, porque oyó una voz que decía:
—Diría, Maot, que algo ha rozado el borde del barco. ¿No has oído nada?
—Sólo el chirrido de los goznes del timón —contestó otra voz—. ¡Bah!, algún cocodrilo que ha chocado con nosotros.
—Será mejor comprobarlo, Maot. Me han dicho los sikhs que los tripulantes de la bangle no son indios.
—Mira, pues.
Sandokán se había ocultado prontamente bajo la popa, cogiéndose al timón.
Transcurrió medio minuto, después la misma voz de antes, dijo:
—No se ve nada en esta oscuridad, Maot.
—Te repito que habrá sido un cocodrilo. No faltan en este río. Dame un poco de betel y prosigamos la guardia a proa. Desde el castillo, veremos mejor.