A la conquista de un imperio

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Surama, Tremal-Naik y toda la tripulación siguieron ansiosamente con la mirada todos los movimientos del pirata, preguntándose con temor cómo terminaría aquel audaz intento, pero unos instantes después le perdieron de vista, en la oscuridad de las aguas bajo un cielo cubierto de vapores.

Sandokán nadaba silenciosamente, cortando sin ruido la débil corriente. Con frecuentes golpes de talón se mantenía con la cabeza bien alta, temiendo que una salpicadura pudiera mojar la yesca o la mecha.

El poluar estaba solamente a cuatrocientos metros: una distancia irrisoria para un natural del archipiélago de la Sonda. Ningún nadador puede competir con los malayos y borneanos de la costa; se puede decir que nacen en el mar y en él mueren.

A medida que se acercaba al pequeño velero indio, Sandokán actuaba con mayor prudencia. No temía encontrar cocodrilos o escualos de agua dulce, pero sí que hubiera centinelas a bordo y pudieran descubrirle.

De vez en cuando se detenía para escuchar, luego, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba en el río y en el velero, reemprendía su silenciosa marcha, agitando los brazos y las piernas con extraordinaria prudencia, y cada vez con mayor suavidad.


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