A la conquista de un imperio

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El maharato acudió llevando, con cierta precaución, la famosa bomba, que consistía en una simple lata, bien rodeada de alambre de cobre, arrancado a las bordas de la bangle, con una mecha de ocho o diez centímetros de largo y un gancho también del mismo alambre en uno de los extremos, para poderla colgar de los goznes del timón.

Sandokán la examinó atentamente, hizo con la cabeza un ademán, como de hombre satisfechísimo y, entrando en la caseta de popa, se desnudó rápidamente, se sujetó un dootèe en torno a las caderas y sujetó en él el kris.

—Ahora, Kammamuri, me ataras la bomba sobre la cabeza, añadiendo el pedernal y la yesca.

Kammamuri no se hizo repetir la orden.

—Haz echar un cabo —añadió Sandokán.

—Ten cuidado con los cocodrilos, señor —dijo Surama, que parecía conmovida—. Arriesgas tu vida, que es preciosa para mí.

—Y para los demás —replicó el fiero pirata—. Puedes estar tranquila, mi hermosa muchacha. La carne de los tigres de Mompracem es demasiado correosa…

Tendió la mano a la joven y a Tremal-Naik, recomendó el más absoluto silencio y se dejó resbalar a lo largo del cabo, sumergiéndose suavemente en la corriente del río.


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