A la conquista de un imperio

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21. Una caza emocionante

Mientras Sandokán trabajaba tenazmente y con buena fortuna para liberar a Surama, Yáñez descansaba —por lo menos en apariencia— en la corte del rajá, pasando el tiempo en beber, comer y fumar todos los cigarrillos que podía; en admirar a las bellísimas bayaderas —que cada noche trenzaban sus danzas en el gran patio de palacio, al son de toda ciase de tambores— y a los luchadores, de los que los príncipes indios tienen siempre un buen número.

Sin embargo, no perdía de vista al griego y no dejaba de informarse, cada mañana y con todo detalle, de la curación de su adversario, aunque sabía que el mayor peligro se escondía en el cerebro de aquel aventurero.

Pero una cosa le atormentaba: una cierta frialdad observada en el rajá. Después de la famosa representación teatral y de su duelo, el príncipe no había vuelto a ocuparse de él, ni le había hecho llamar, como si en todo el reino hubieran desaparecido los animales feroces.

Esto aburría mucho a aquel hombre de acción, a quien no gustaban nada la ociosidad y negligencia indias.

—¡Por Júpiter! —exclamaba cada mañana, saltando de su espléndido lecho dorado y esculpido—. ¿Pero qué cazador soy yo? ¿Es posible que las fieras ya no se coman indios en el Assam? Sin embargo, los tigres no deben faltar en un país que tiene tantas selvas.


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