A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Mientras Sandokán trabajaba tenazmente y con buena fortuna para liberar a Surama, Yáñez descansaba —por lo menos en apariencia— en la corte del rajá, pasando el tiempo en beber, comer y fumar todos los cigarrillos que podÃa; en admirar a las bellÃsimas bayaderas —que cada noche trenzaban sus danzas en el gran patio de palacio, al son de toda ciase de tambores— y a los luchadores, de los que los prÃncipes indios tienen siempre un buen número.
Sin embargo, no perdÃa de vista al griego y no dejaba de informarse, cada mañana y con todo detalle, de la curación de su adversario, aunque sabÃa que el mayor peligro se escondÃa en el cerebro de aquel aventurero.
Pero una cosa le atormentaba: una cierta frialdad observada en el rajá. Después de la famosa representación teatral y de su duelo, el prÃncipe no habÃa vuelto a ocuparse de él, ni le habÃa hecho llamar, como si en todo el reino hubieran desaparecido los animales feroces.
Esto aburrÃa mucho a aquel hombre de acción, a quien no gustaban nada la ociosidad y negligencia indias.
—¡Por Júpiter! —exclamaba cada mañana, saltando de su espléndido lecho dorado y esculpido—. ¿Pero qué cazador soy yo? ¿Es posible que las fieras ya no se coman indios en el Assam? Sin embargo, los tigres no deben faltar en un paÃs que tiene tantas selvas.
