A la conquista de un imperio

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Llevaba tres días de ociosidad, sin saber en qué emplear su tiempo cuando en la mañana del cuarto, se presentó ante él un oficial del rajá, diciéndole:

—Milord, el rajá necesita a su gran cazador.

—¡Por fin! —exclamó el portugués, que aún estaba en cama—. ¡Así que el príncipe ha recordado que tiene a su servicio a un destructor de animales feroces! Ya empezaba a aburrirme. ¿De que se trata?

—Los habitantes de un pueblo, que está junto a las orillas del río, se lamentan porque un rinoceronte destruye de noche sus cosechas. Todas las plantaciones de añil, que constituían su mayor riqueza, se han perdido.

—Lo lamento por esos desgraciados cultivadores; pero serán vengados. ¿Dónde hace sus correrías ese animal?

—A veinte millas de aquí.

—Le dirás al rajá que iré a matarlo y le traeré su cuerno. Haz preparar caballos y elefantes.

—Todo está dispuesto, milord.

—Pues también mi carabina lo está —contestó Yáñez—. Y el favorito del rajá, ¿cómo sigue?

—Anoche se levantó unas horas.

—¡Por Júpiter! Ese hombre tiene la piel más dura que el rinoceronte que voy a cazar —murmuró el portugués—. Si otra vez se me mete entre los pies, le atravesaré de parte a parte.


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