A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Bribones! Quién sabe lo que habrán dicho de mÃ, después del servicio que he prestado. Pero esta vez el rajá encontrará un hueso duro de roer, y el señor Teotokris tendrá poco motivo de risa. ¡Por Júpiter! Un lord no se ceja devorar como un pez del Brahmaputra.
Se arregló un poco y salió después de haber recomendado a los malayos que no se movieran. ParecÃa presa de viva agitación, de una sorda cólera; cosa más bien extraña en un hombre que parecÃa más flemático que un verdadero inglés.
En la puerta del salón real, encontró a un oficial.
—Ve a decir a tu señor que deseo verle —dijo con tono imperioso.
Dicho esto, entró en el magnÃfico salón, se tendió en uno de los divanes que se extendÃa a lo largo de las paredes de mármol, y se puso a fumar como si estuviera en su propia habitación.
No habÃa transcurrido, un minuto, cuando las cortinas de seda que colgaban detrás del lecho-trono se abrieron y apareció el prÃncipe.
—¡Ah! Alteza —dijo Yáñez, tirando el cigarrillo y acercándose a la plataforma.
—Te he hecho llamar tres veces —dijo el rajá, con voz un poco dura.