A la conquista de un imperio

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—Dormía —contestó Yáñez, también secamente—. La caza me ha cansado mucho.

—He recibido el cuerno del rinoceronte que has matado, milord. Su propietario debía de ser un animal muy grande.

—Y también muy malo, alteza.

—Lo creo. Los rinocerontes están siempre de mal humor.

—No son solamente esas bestias las que tienen un humor negro; también hay hombres.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el príncipe, fingiendo gran estupor.

—Que en su corte hay canallas, alteza.

—¿Qué me dices milord?

—Sí, porque mientras yo arriesgaba mi vida, para cumplir mi deber de gran cazador del rajá del Assam, otros trataban de asesinarme a traición —dijo Yáñez con cólera.

—¿Y de qué forma?

—Poniendo puntas de hierro bajo la silla del caballo que usted envió. El animal se encabritó en el momento en que era preciso que estuviera tranquilo para permitirme disparar; y si no hubiera habido una rama encima de mi cabeza, ahora no estaría aquí para contarle cómo terminó la caza.


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