A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio En seguida se abrió la puerta del magnífico salón y entró el viejo indio, acompañado por el oficial y los sikhs, que habían asistido a la muerte de la vaca sagrada.
Al verles, Yáñez no pudo contener un movimiento de cólera. Comprendía que se preparaban a tenderle una segunda emboscada, tal vez más peligrosa que la primera.
—¡Bribones! —murmuró—. Estos bandidos sirven al maldito griego.
El rajá se había tendido sobre su lecho-trono, apoyándose en un gran cojín de seda carmesí, bordada en oro, mientras una mano, pasando entre las cortinas, le tendía un soberbio narguile de cristal azul, ya encendido, con un largo tubo de piel roja y la boquilla de marfil.
El jefe del pueblo avanzó hacia la plataforma y se echó tres veces al suelo, sin que el rajá se dignara responder a aquel humillante saludo.
—¡Ah! Estás aquí viejo bribón —dijo Yáñez con desprecio—. ¿Qué quieres?
—Solamente justicia —contestó el indio.
—¿Después de que te he librado del rinoceronte? ¡Bonito agradecimiento el tuyo!