A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Aquella vaca habÃa sido consagrada a Brahma, para que protegiese mi pueblo, tal como manda la costumbre. Nadie podÃa matarla, ni hubiera osado cometer tan execrable crimen. Ahora Brahma se vengará y, ¿qué ocurrirá con nuestras plantaciones? La miseria más espantosa caerá sobre todos nosotros, y acabaremos por morir de hambre.
—Te regalaré otra; asà tu dios se calmará.
—No será la misma.
—Pues no sé qué quieres.
—Tu castigo.
—Yo no la he matado para hacer una afrenta a tus creencias religiosas.
—SÃ.
—Mientes como un sudra.
—Apelo a estos hombres.
—Es verdad —dijo el oficial que le habÃa acompañado a la cacerÃa—. Tú ordenaste disparar a tus hombres para disgustar a este hombre y ofender a todos los habitantes del pueblo.
—¿También tú me acusas?
—Y también los sikhs.
Yáñez se contuvo a duras penas y, dirigiéndose al rajá, que estaba vaciando un enorme vaso de licor, proporcionado por la mano misteriosa que le habÃa dado el narguile, le dijo:
—No dé crédito a estos miserables, alteza.