A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El rajá tragó el lÃquido con un esfuerzo, y contestó, entrecerrando los ojos:
—Son ocho los que te acusan, milord, y según nuestras leyes, yo debo creerles a ellos porque son muchos.
—Haré venir a mis hombres.
—Los siervos no pueden atestiguar ante los guerreros. Su casta es demasiado baja.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Confesar que has matado la vaca en un momento de enojo y dejarte castigar. El delito es grave.
—De forma que tendré que aceptar alguna pena.
—Si tú fueras súbdito mÃo, tendrÃa que hacerte aplastar la cabeza por mi elefante verdugo, como mandan nuestras leyes; pero como eres extranjero, y por añadidura inglés, y yo no quiero tener problemas con el virrey de Bengala, con gran sentimiento por mi parte, tendré que expulsarte del estado.
—Le juro, alteza, que estos hombres han mentido.
—¡Te desafÃo! —gritó el jefe—. Ven conmigo a intentar la prueba del agua. Si permaneces más rato que yo sumergido, la razón será tuya.
—¿Qué me propones, tunante?
—Te propone la prueba del agua.
—¿En qué consiste?