A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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El chitmudgar le esperaba a la puerta de sus habitaciones presa de una vivísima ansiedad, porque el buen hombre apreciaba sinceramente al gran cazador de la corte.

—¿Qué hay, milord? —preguntó.

—Me las arreglaré bien —contestó Yáñez—. Me tiende sus redes, pero no desespero de escurrirme entre las mallas. Luego vendrá mi turno, y ajustaré las cuentas a todos estos bribones. Tráeme la comida y no me preguntes más.

A pesar de sus preocupaciones, comió con envidiaba apetito, luego escribió un billete a Surama, encargando; Kabung que lo llevara. Quería advertirla de cuanto ocurría y de la pésima situación en que empezaba a encontrarse.

Las emboscadas del griego —demasiado poderoso por el momento— empezaban a preocuparle, aunque estaba bien decidido a hacer frente a aquel aventurero.

Pasó la velada charlando con sus malayos y fue a acostarse temprano para estar dispuesto por la mañana a pasar la prueba del agua.

Si hubiese estado en otro país, hubiera acogotado a sus acusadores y tal vez al rajá, pero hallándose casi solo en una corte que le podía echar encima centenares de guerreros, Yáñez —que no era ningún estúpido— se veía obligado a aceptar los acontecimientos a pesar suyo.


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