A la conquista de un imperio

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Vació la taza de té y el vaso que le había traído el mayordomo y bajó. En la plaza, ante la escalinata de mármol del palacio real, le esperaban cinco malayos, porque Kabung no había vuelto aún del palacio de Surama.

Un elefante suntuosamente enjaezado, con una inmensa gualdrapa de terciopelo rojo y gruesos colgantes de plata en las orejas y sobre la frente, le esperaba.

—Parte, mahout —dijo subiendo rápidamente la escala de cuerda y acomodándose en la caja, que estaba cubierta por una cúpula pequeña de madera, pintada de blanco y con arabescos dorados—; haz trotar al animal.

Los malayos le habían seguido, instalándose frente a él.

—Amigos —les dijo Yáñez—, ocurra lo que ocurra, guardad quietas vuestras armas, tanto las de fuego como las armas blancas. Dejad que me las arregle yo solo. Estoy jugando una carta que puede hacerme perder la partida. Sed prudentes y no os mováis si no os doy la señal de hacerlo.

El elefante se había puesto en marcha, a paso largo.


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