A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Como era aún muy temprano, había pocas personas por las calles de la capital; la mayoría de las que circulaban eran sudras, provistos de enormes cestos destinados a contener las provisiones. Ver pasar elefantes era una cosa tan corriente que nadie se fijaba en ellos, de manera que Yáñez pudo llegar a las orillas del río casi inadvertido.
Sin duda la prueba tenía un carácter privado y no público, porque durante la noche el rajá había hecho levantar una especie de recinto, cuyas alas extremas terminaban en el río.
Numerosos personajes, todos pertenecientes a la corte, estaban ya reunidos. También el viejo indio había llegado y charlaba con tres jueces escogidos por el rajá, sentados sobre una alfombra colocada frente a dos palos plantados en el lecho del Brahmaputra, a dos metros de distancia uno del otro, en un lugar donde el agua era muy profunda.
Viendo llegar al gran cazador, todos los invitados interrumpieron sus conversaciones, mirándole con viva curiosidad. Tal vez esperaban descubrir en el rostro del europeo una cierta preocupación ante aquella prueba, nueva para él; pero debieron de quedarse decepcionados.
Yáñez estaba tan tranquilo como de costumbre y saboreaba pacíficamente el humo de su cigarrillo.