A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Aquà estoy, viejo canalla —dijo después de atravesar el recinto, deteniéndose ante el viejo indio—. Tal vez esperabas que no viniera.
—No —contestó secamente Kadar.
Los tres jueces se levantaron, inclinándose ante el gran cazador, luego el más anciano, dijo:
—¿Sabe de qué se trata, milord?
—Me lo ha explicado el rajá —contestó Yáñez—. ¡Bah! Un baño no hace ningún mal en esta estación, incluso servirá para despertarme el apetito.
—Tiene que resistir todo lo que pueda.
—Cansaré fácilmente a este viejo bribón.
—Lo veremos, sahib —dijo Kadar, con tono irónico.
—Si no quieres reventar asfixiado, tendrás que sacar la cabeza.
—SÃ, después de la tuya.
—Aún no me conoces.
Se quitó la chaqueta, los pantalones y las botas, conservando sólo la camisa y los calzoncillos, y de un salto alcanzó la orilla, diciendo:
—Ven, tunante.
—Un momento, milord —dijo uno de los jueces—; cuando haya llegado a su palo, espere nuestra señal antes de sumergirse.