A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Un momento también vosotros, señores jueces —añadió a su vez Yáñez—. Os advierto que, si no actuáis lealmente, os haré acogotar por mi escolta.
Dicho esto saltó al agua, seguido por Kadar, y con cuatro brazadas llegó hasta su palo, agarrándose a él con fuerza para que no le arrastrara la corriente.
Se habÃa hecho un profundo silencio entre los espectadores. Los tres jueces de pie en la orilla esperaban a que los dos hombres estuvieran dispuestos. De pronto, el más anciano levantó un brazo, gritando con voz tonante:
—¡Abajo!
Yáñez y el viejo jefe se hundieron en el mismo momento, dejándose resbalar unos metros a lo largo del palo, apretando las piernas en torno a este.
Todos los espectadores se habÃan precipitado a la orilla, contemplando con atención los dos palos, a los que el Ãmpetu de la corriente hacÃa oscilar. Una viva ansiedad se pintaba en todos los rostros.
Transcurrió un minuto, pero no reapareció ninguna de las dos cabezas. La corriente proseguÃa su marcha burbujeando sobre los dos sumergidos.
Pasaron unos segundos más; luego apareció bruscamente un cráneo, pelado y brillante como una bola de billar; luego emergió el rostro de Kadar, terriblemente alterado.
Una salva de invectivas cubrió al desgraciado.