A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Canalla!
—¡Estúpido!
—¡No eres bueno para nada!
—¡Vete a cultivar los campos!
—¡Te has dejado vencer por el blanco!
—¡Carroña!
Medio asfixiado, Kadar contestaba sólo con violentos golpes de tos y contorsiones de mono. Sus ojos estaban inyectados en sangre y jadeaba.
Transcurrieron otros tres o cuatro segundos, y Yáñez salió, a flote, aspirando ruidosamente una larga bocanada de aire. No estaba en tan malas condiciones como Kadar. Más desarrollado que el delgado indio, con pulmones más rapaces y más habituado también a las largas inmersiones, habÃa resistido mejor la peligrosa prueba. Viendo cerca a su adversario, completamente humillado, le dijo irónicamente:
—Ya te dije que no me ganarÃas. Ve a ofrecer tu espalda al bastón del verdugo y consuélate, porque tienes la piel dura y poca carne sobre los huesos. Dejó el palo, y nadó hasta la orilla. Los espectadores, que habÃan puesto todas sus esperanzas en Kadar, le acogieron con un silencio glacial.
Sólo el juez más anciano le dijo:
—Ha vencido, milord, de forma que tenÃa razón usted y ese miserable recibirá el castigo que se merece, a menos que usted solicite gracia para él.