A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —A los canallas de su especie no la concedo nunca —contestó el portugués.
Se secó lo mejor que pudo con un dootèe que le dio uno de sus malayos, se vistió rápidamente y abandonó el recinto, sin saludar a nadie, mientras seguÃan lloviendo invectivas sobre el desgraciado Kadar, quien continuaba agarrado al palo, por miedo a recibir una acogida aún peor de sus compatriotas.
—Al palacio real —dijo el portugués, subiendo al elefante.
Diez minutos más tarde, avisado por un oficial que le esperaba en la base de la escalinata de mármol, entraba en la sala del trono, donde le esperaba el rajá.
—Sé que has ganado la prueba —le dijo el prÃncipe con una benévola sonrisa—, y me alegro de ello.
—Pues yo muy poco. Vuestra justicia india está muy por debajo de la inglesa, alteza.
—Es la misma desde hace millares de años, y yo no tengo tiempo para modificarla. ¿Qué puedo hacer ahora por ti? Te debo una recompensa por la muerte del rinoceronte.
—Ya sabe, alteza, que me he puesto a su servicio sin ninguna exigencia. Deje que vaya a reposar: es todo le que pido.
—Ya pensaré en la mejor forma de mostrarme generoso contigo, milord.