A la conquista de un imperio

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23. Las terribles revelaciones del griego

Aún no había llegado Yáñez a sus habitaciones, cuando las cortinas que —como hemos dicho— hacían de fondo al lecho-trono, sobre el que todavía se hallaba el rajá, se abrieron y compareció Teotokris. No estaba completamente curado y sin duda el príncipe no le esperaba porque, al verle, no pudo contener un gesto de sorpresa, exclamando al mismo tiempo:

—¡Tú!…

—Yo, alteza —contestó el griego.

—¿Por qué has abandonado el lecho? Esto es una imprudencia.

—La gente de mi raza es la más fuerte de Europa. Y no me gusta debilitarme en cama.

—¿Así que tu herida va mejor?

—Dentro de pocos días no quedará ni rastro.

—¿Por qué te has levantado?

—Porque quería escuchar lo que decía ese milord.

—¿No sabes que ha vencido?

—Por desgracia —contestó el griego, rechinando los dientes—. Sin embargo, yo había urdido bien la cosa y, de perder él, te hubieras podido desembarazar para siempre de ese espía.

—¡Espía! —exclamó el rajá.

—Sí, ese hombre es un espía —confirmó el griego—. Y yo tengo las pruebas.


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