A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Aún no habÃa llegado Yáñez a sus habitaciones, cuando las cortinas que —como hemos dicho— hacÃan de fondo al lecho-trono, sobre el que todavÃa se hallaba el rajá, se abrieron y compareció Teotokris. No estaba completamente curado y sin duda el prÃncipe no le esperaba porque, al verle, no pudo contener un gesto de sorpresa, exclamando al mismo tiempo:
—¡Tú!…
—Yo, alteza —contestó el griego.
—¿Por qué has abandonado el lecho? Esto es una imprudencia.
—La gente de mi raza es la más fuerte de Europa. Y no me gusta debilitarme en cama.
—¿Asà que tu herida va mejor?
—Dentro de pocos dÃas no quedará ni rastro.
—¿Por qué te has levantado?
—Porque querÃa escuchar lo que decÃa ese milord.
—¿No sabes que ha vencido?
—Por desgracia —contestó el griego, rechinando los dientes—. Sin embargo, yo habÃa urdido bien la cosa y, de perder él, te hubieras podido desembarazar para siempre de ese espÃa.
—¡EspÃa! —exclamó el rajá.
—SÃ, ese hombre es un espÃa —confirmó el griego—. Y yo tengo las pruebas.
