A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Tú!
—Estaba de acuerdo con una princesa, venida de no sé de dónde, que le ayudaba.
—Quieres asustarme, Teotokris —interrumpió el rajá, que se habÃa puesto ceniciento y, con la repentina emoción habÃa dejado caer el vasito de licor que tenÃa en la mano.
—No, porque, aun estando en cama, me he ocupado de todo.
—¿Cómo?
—Haciendo secuestrar a la amiga del milord.
—¡Por todos los kateri[39] de la India! ¿Tú has hecho eso?
—SÃ, alteza —contestó Teotokris.
—¿Y dónde está ahora?
—En mi palacio.
—¿Y tú me aseguras que esa princesa es una espÃa?
—Y aún te puedo probar algo más.
—Prosigue.
—Parece que ella estaba urdiendo una conjura para arrebatarte la corona. Mis hombres y uno de tus ministros la han obligado a confesar.
El rajá, que acababa de coger otro vasito de un escabel situado junto al trono, dejó caer también este sin tener tiempo de vaciarlo.