A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Un fuerte temblor se apoderó de aquel prÃncipe borrachÃn, mientras su rostro traslucÃa un temor indescriptible.
—¡Haré que mi elefante verdugo triture a todos esos traidores bajo sus patas! —aulló en seguida, con un estallido de furor.
—Entonces, deberÃas empezar por milord.
—¿Por qué por él?
—Es Ãntimo amigo de la princesa y antes de ser nombrado gran cazador la visitaba con frecuencia.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Un faquir que pedÃa limosna en los alrededores del palacio de la misteriosa princesa.
—¿Sin más pruebas? Comprenderás que debemos actuar con la máxima prudencia. Ese lord puede haber sido enviado aquà por el virrey de Bengala, y tú sabes que los ingleses están acostumbrados a aprovechar las menores ocasiones para extender sus manos rapaces sobre los principados aún independientes.
—Pero esa princesa es india, no blanca.
—Pues bien, la haré expulsar de mi estado.
—¿Y los otros?
—¿Qué otros?
—Los cómplices. ¿Sabes lo que creo? Que de la conjura forma parte un prÃncipe de no sé qué paÃs, que no es de raza blanca y que es el mismo que rechazó a nuestros sikhs, cuando atacaron la pagoda subterránea.