A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Y me lo dices ahora, Teotokris! —gritó el rey con cólera. Y vaciando un par de vasitos, probablemente para reanimarse, saltó, o mejor dicho, se dejó resbalar del lecho-trono, poniéndose a pasear nerviosamente por la plataforma.
Teotokris, apoyado en el quicio de la puerta, le miraba con una sonrisa burlona en sus labios.
—¿Entonces —preguntó por fin el príncipe—, qué me aconsejas que haga?
—Acusar directamente al gran cazador y, ya que no te atreves a hacerlo aplastar por el elefante, encerrarlo bajo llave.
—¿Y después?
—¡Oh! —exclamó el griego—. En la cárcel pueden ocurrir muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Si pasado cierto tiempo y el virrey de Bengala no ha protestado por el arresto de su súbdito, un poco de veneno lo hará desaparecer por completo: carne y huesos.
El rajá le miró con admiración.
—Eres un gran ministro, Teotokris —dijo después—. ¡Los europeos sois maravillosos!
—¿Estás decidido, alteza?
—Tengo completa confianza en ti.
—¿Le acusarás directamente?
—Sí —contestó el rajá.