A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El príncipe parecía de muy buen humor, tal vez porque estaba ya bastante achispado, aunque tenía un brillo falso en la mirada que no escapó al portugués, muy buen observador. Pero, no viendo al griego entre los ministros, se tranquilizó y, tras vaciar el vaso, fue a sentarse en uno de los divanes situados alrededor de la sala.
Las danzas se sucedían, unas veces acompañadas por el bin, el sitar y otros instrumentos de cuerda, como acostumbran los indios, y otras por el tobla, el hula y el sarindà, que es el uso de los musulmanes de la India central y septentrional.
Las can-ceni y los balok hacían maravillas, dando prueba de una resistencia increíble.
De vez en cuando una multitud de sirvientes, espléndidamente vestidos, irrumpían en la sala trayendo inmensas bandejas de plata y de oro, y ofrecían a los invitados empanadillas, helados, bebidas de distintas ciases y pipas ya cargadas de excelente tabaco, o cajas llenas de betel.
Hacía un par de horas que duraba la danza cuando, con sorpresa de todos, se produjo una repentina agitación en la plataforma del trono.