A la conquista de un imperio

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En un ángulo de la inmensa sala, sobre una plataforma cubierta por una bellísima alfombra persa, una treintena le músicos soplaban desesperadamente unas largas trompetas de cobre, llamadas ramsinga, o las surnae, semejantes a nuestros clarines, mientras otros pellizcaban las cuerdas de seda de las sitar, que son las guitarras indias, o las del omerti, extraño instrumento formado con medio coco, cubierto en una tercera parte por una piel finísima, o bien la del sarindà.

Entre las ocho columnas que sostenían la bóveda de la sala, una cincuentena de can-ceni, es decir danzarinas —todas bellísimas y lujosamente vestidas, con los senos encerrados en corazas de metal dorado y los largos cabellos sueltos, con ramilletes de flores en las puntas—, ejecutaban la danza de la ram-genye, el más gracioso de todos los bailes indios.

En un extremo de la sala otros tantos balok —jóvenes bailarines, con el cuerpo semidesnudo, pintado, y las cabezas adornadas con flores y cintas— danzaban la ram-genye, ejecutando pasos dificilísimos, muy admirados por los numerosos espectadores que habían acudido a la invitación del rajá.

Después de dirigir una rápida mirada a todos aquellos invitados, Yáñez atravesó la sala, siempre seguido por sus malayos, y fue a saludar al príncipe, quien a cambio le ofreció un vaso de arac birmano, tendiéndoselo personalmente.


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