A la conquista de un imperio

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También los malayos se pusieron trajes nuevos y pulieron bien las carabinas y las cimitarras; luego se llenaran bolsillos y fajas de municiones, como si tuvieran que asistir a una partida de caza y no a una fiesta; eran, por instinto, tan desconfiados como su jefe.

Cuando Yáñez oyó resonar en el vasto patio los baunk —especie de trompetas de sonido agudísimo—, y redoblar los grandes tambores, abandonó su apartamento, precedido por el chitmudgar —que se pavoneaba en un amplio dootèe de seda amarilla— y seguido por sus malayos.

La sala de los Elefantes estaba en la planta baja y se abría en una de las cuatro esquinas del patio. Era mayor y más rica que la que el rajá empleaba para las recepciones, de magníficas columnas adornadas con numerosas esculturas y dorados y con un trono.

Este era un inmenso sillón, sostenido —como el del gran Mogol— por seis pies de oro macizo que se apoyaban en una enorme hoja de palma de madera labrada. Sobre el respaldo, un pavo real de bronce dorado extendía su cola variopinta, que tenía incrustados diamantes, zafiros y rubíes de espléndido efecto.

El rajá estaba sentado en él, rodeado por sus ministros y favoritos, recibiendo los homenajes de las personas más importantes de la capital y ofreciéndoles a todos vasos de licores.


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