A la conquista de un imperio

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A las cinco, el chitmudgar despertó al portugués, presentándole sobre una bandeja de plata un billete perfumado y una cajita de oro finamente cincelada.

—¡Ah! —exclamó Yáñez, poniéndose en pie—. Sin duda el rajá quiere recompensarme por la muerte del rinoceronte. Si ha de complacerle, aceptemos.

La cajita contenía otro magnífico anillo con un rubí espléndido, que valía varios miles de rupias; la carta era una invitación para una fiesta que el rajá ofrecía a su corte en la sala de los elefantes.

—¡Por Júpiter! —exclamó de nuevo Yáñez—. El rajá empieza a ser amable y a apreciar mis servicios. Espero inducirle poco a poco a desembarazarse del griego. Una vez lejos ese individuo, Sandokán y yo sólo tendremos que alargar las manos para quitar de la cabeza de ese borracho una corona que ya le pesa demasiado.

Se puso en un dedo el precioso anillo y, como la fiesta debía empezar inmediatamente después de la puesta del sol, se arregló con cuidado, poniéndose un flamante traje de franela blanca, muy ligera, y botas relucientes. Se ciñó la cintura con una ancha faja de seda de varios colores, doblándola de forma que pudiera esconder entre sus pliegues las pistolas y el kris, y dejando sólo a la vista la cimitarra.

—Nunca se sabe lo que puede ocurrir en la corte de un príncipe indio —murmuró.


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