A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Aunque las maniobras del griego le preocupaban, estaba convencido de que antes de mucho tiempo conquistaría el trono, para ofrecerlo a su adorada Surama. Lo que le inquietaba de verdad era la falta de noticias por parte de Sandokán y de Surama, a quien no había vuelto a ver desde su llegada al palacio real, por temor a comprometerla.
¡Si hubiese sabido que en aquel momento ella era prisionera del griego! Pero Kabung se había guardado de avisarle, confiando en la audacia del Tigre de Malasia.
Devorada a conciencia la excelente comida que le había hecho preparar el chitmudgar, se durmió pacíficamente en el amplio sillón de bambú, con el cigarrillo semiapagado entre los labios.
Los malayos no tardaron en imitarle, tras retirarse a su amplia habitación que, en cierto modo, les servía de cuartel.
Era la hora en que todos reposaban —ricos y pobres— porqué del mediodía a las cuatro de la tarde se suspende el trabajo en todas las ciudades de la India, para evitar los tremendos golpes de sol, casi siempre muy fuertes como lo son los de luna para quienes se duermen de noche al aire libre, sin tener la precaución de echarse un trozo de tela por la cara. Los primeros matan casi siempre los segundos, por el contrario, ciegan o producen hinchazón en la cara, acompañado de malestar y fiebre alta.